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La manera en que se habla de la violencia sexual contra infancias en entornos institucionales, sobre todo en espacios de la Iglesia Católica no es neutral. Tampoco es casual. Está pensada, estudiada, diseñada para favorecer el encubrimiento y aplastar la voz de las víctimas con una lápida de silencio. ¿Por qué cuesta tanto romper con esa narrativa oficial de la Iglesia al hablar de pederastia clerical? Porque esa narrativa tiene dueños amparados en el poder. La Iglesia suele omitir la palabra abuso. Traduce la violencia como pecado, excesos, maldades, deslices, manzana podrida. Nunca habla de delitos.
Una pieza central de esa narrativa es el lenguaje. Un artículo reciente de la Revista Científica Aula 24 (Escobar Corrales, 2026) analiza lo que llama paradoja terminológica entre violencia sexual y abuso sexual. No son sinónimos. ¿Qué significa abuso? Es el uso excesivo de lo que podría usarse “bien”. Hay una zona gris: del uso al abuso media una desmesura. La palabra trae una coartada: presupone un uso legítimo previo, sugiere una forma “correcta” de poder sobre el cuerpo de una criatura. Esa es la trampa. El término abuso no alcanza para que la sociedad reaccione, porque instala la duda. ¿Fue mucho? ¿Fue poco? ¿Hasta dónde?
La definición jurídica no es más clara. Abuso sexual suele referir a actos sin penetración o con “menor” violencia física, mientras que violencia sexual abarca todo acto que vulnera la integridad sexual, con o sin fuerza física, incluyendo el poder institucional como mecanismo de coerción. La distinción legal tampoco es suficiente para entender que no hay "uso" posible del cuerpo de una niña, niño o niñe. No hay exceso legítimo previo. No hay zona gris. Por eso el activismo hoy prefiere abrazar el término Violencia Sexual contra Infancias: porque no admite atenuantes, no se mide con escalas de intensidad, porque el nombre explicita un ataque en lugar de un desborde. El empleo del término abuso por parte de las instituciones eclesiásticas y algunos sistemas de justicia minimiza la gravedad del delito, invisibiliza las violencias de género que lo sostienen, reproduce dinámicas patriarcales y perpetúa la impunidad. No es abuso lo que nos hicieron. Es violencia sexual. Llamarlo por su nombre es el primer acto de reparación. La narrativa hegemónica no sólo define el crimen. Nos envía un mensaje cifrado de desaliento. "Para qué vas a hablar", nos susurra. "Nadie te va a creer". "Ya pasó". Es el silencio que nos amenaza.
¿Cuáles son los aliados de la Iglesia Católica en nuestros países? ¿Cómo operan desde el poder gubernamental, estatal, político y económico? ¿Qué hacen los medios de comunicación, que durante décadas hablaron de casos aislados, cuando la violencia sexual responde a un patrón sistémico? Las víctimas documentamos este patrón: trasladar a curas abusadores cuando son denunciados, desalentar denuncias, la complicidad de las jerarquías. No son fallas individuales. Es un sistema con rostro y nombre: la Santa Sede. La curia encubridora. Una institución que durante siglos ha entendido que su estructura de poder vertical, patriarcal, colonialista y capitalista se sostiene más firme si las víctimas callan, si el laicado la fortalece siguiéndoles el juego para asegurarse la pertenencia y repartirse los beneficios.
La batalla en el lenguaje, que las víctimas y aliados damos cada día, es de las más importantes. Enfrentar la narrativa oficial es urgente. No volveremos al silencio, nunca más. Sabemos que la impunidad es sinónimo de nuevas víctimas. Esta lucha es por las infancias del presente y porque cada persona que pone en palabras su historia es una vida que empieza a repararse.
Eneas Espinoza Gallardo
Fundador y Vocero Red de Sobrevivientes Chile
Una pieza central de esa narrativa es el lenguaje. Un artículo reciente de la Revista Científica Aula 24 (Escobar Corrales, 2026) analiza lo que llama paradoja terminológica entre violencia sexual y abuso sexual. No son sinónimos. ¿Qué significa abuso? Es el uso excesivo de lo que podría usarse “bien”. Hay una zona gris: del uso al abuso media una desmesura. La palabra trae una coartada: presupone un uso legítimo previo, sugiere una forma “correcta” de poder sobre el cuerpo de una criatura. Esa es la trampa. El término abuso no alcanza para que la sociedad reaccione, porque instala la duda. ¿Fue mucho? ¿Fue poco? ¿Hasta dónde?
La definición jurídica no es más clara. Abuso sexual suele referir a actos sin penetración o con “menor” violencia física, mientras que violencia sexual abarca todo acto que vulnera la integridad sexual, con o sin fuerza física, incluyendo el poder institucional como mecanismo de coerción. La distinción legal tampoco es suficiente para entender que no hay "uso" posible del cuerpo de una niña, niño o niñe. No hay exceso legítimo previo. No hay zona gris. Por eso el activismo hoy prefiere abrazar el término Violencia Sexual contra Infancias: porque no admite atenuantes, no se mide con escalas de intensidad, porque el nombre explicita un ataque en lugar de un desborde. El empleo del término abuso por parte de las instituciones eclesiásticas y algunos sistemas de justicia minimiza la gravedad del delito, invisibiliza las violencias de género que lo sostienen, reproduce dinámicas patriarcales y perpetúa la impunidad. No es abuso lo que nos hicieron. Es violencia sexual. Llamarlo por su nombre es el primer acto de reparación. La narrativa hegemónica no sólo define el crimen. Nos envía un mensaje cifrado de desaliento. "Para qué vas a hablar", nos susurra. "Nadie te va a creer". "Ya pasó". Es el silencio que nos amenaza.
¿Cuáles son los aliados de la Iglesia Católica en nuestros países? ¿Cómo operan desde el poder gubernamental, estatal, político y económico? ¿Qué hacen los medios de comunicación, que durante décadas hablaron de casos aislados, cuando la violencia sexual responde a un patrón sistémico? Las víctimas documentamos este patrón: trasladar a curas abusadores cuando son denunciados, desalentar denuncias, la complicidad de las jerarquías. No son fallas individuales. Es un sistema con rostro y nombre: la Santa Sede. La curia encubridora. Una institución que durante siglos ha entendido que su estructura de poder vertical, patriarcal, colonialista y capitalista se sostiene más firme si las víctimas callan, si el laicado la fortalece siguiéndoles el juego para asegurarse la pertenencia y repartirse los beneficios.
La batalla en el lenguaje, que las víctimas y aliados damos cada día, es de las más importantes. Enfrentar la narrativa oficial es urgente. No volveremos al silencio, nunca más. Sabemos que la impunidad es sinónimo de nuevas víctimas. Esta lucha es por las infancias del presente y porque cada persona que pone en palabras su historia es una vida que empieza a repararse.
Eneas Espinoza Gallardo
Fundador y Vocero Red de Sobrevivientes Chile
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Sobre el autor
Eneas Espinoza Gallardo
Es Fundador y Vicepresidente de la Red de Sobrevivientes Chile https://www.redsobrevivientes.org/ Nacido en Cerro Navia, Santiago de Chile, en 1972. Licenciado en Comunicación Social de la Universidad de Concepción. Periodista con estudios en filosofía, marketing, derecho y social media. Activista por los Derechos Humanos, enfocado en derechos de las infancias, defensor de los derechos de víctimas y sobrevivientes de violencia en espacios institucionales. Escribe desde Chile.